El collar de la reina
El collar de la reina De Charny entró, un poco pálido, pero erguido y sin aparente sufrimiento.
Ante la severidad que observó, tomó la postura respetuosa y rígida del hombre de mundo y del soldado.
—Tened cuidado, hermana —dijo el conde de Artois en voz baja a la reina—. Me parece que estáis interrogando a demasiada gente.
—Interrogaré al mundo entero hasta que alguien me diga que estáis equivocado.
Durante este breve tiempo, De Charny había visto a Felipe y le saludó cortésmente.
—Sois un verdugo de vuestra salud —dijo Felipe al oído de su adversario—. Salir herido y… Parece que queréis morir.
—No se muere por arañarse con una zarza del Bois de Boulogne —replicó De Charny, feliz al devolver a su enemigo un golpe más doloroso que la herida de la espada.
La reina se les acercó, interrumpiendo un coloquio que más bien era un aparte que un diálogo.
—Monsieur de Charny —dijo—, ¿estuvisteis, según dicen estos señores, en el baile de la Ópera?
—Sí, Majestad —respondió De Charny, inclinándose.
—Decidnos lo que visteis allí.
