El collar de la reina
El collar de la reina Juana, que no era reina, también era mujer.
Lógico, pues, que una vez se vio en su carroza comparase el bello palacio de Versalles y su suntuoso interior con su cuarto piso de la calle Neuve-Saint-Gilles; a un lado, soberbios lacayos, y en el suyo, una vieja sirvienta.
En seguida, sin embargo, la humilde vivienda y la vieja criada las desechó de la memoria, como una realidad imprecisa, viendo únicamente su nueva morada del arrabal Saint-Antoine, tan magnífica, tan graciosa y tan acogedora con sus criados, menos engalanados que los lacayos de Versalles, pero respetuosos y serviciales como ellos.
Esa casa y esos domésticos eran su Versalles; reina entre sus paredes, no era menos reina que María Antonieta, sin el tormento de los deseos insatisfechos, toda vez que sabía limitarlos, no a lo superfluo, sino a lo razonable, y cualquier deseo que se le antojara podía satisfacerlo como si fuera otra reina.