El collar de la reina

El collar de la reina

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Capítulo XLI

Juana, que no era reina, también era mujer.

Lógico, pues, que una vez se vio en su carroza comparase el bello palacio de Versalles y su suntuoso interior con su cuarto piso de la calle Neuve-Saint-Gilles; a un lado, soberbios lacayos, y en el suyo, una vieja sirvienta.

En seguida, sin embargo, la humilde vivienda y la vieja criada las desechó de la memoria, como una realidad imprecisa, viendo únicamente su nueva morada del arrabal Saint-Antoine, tan magnífica, tan graciosa y tan acogedora con sus criados, menos engalanados que los lacayos de Versalles, pero respetuosos y serviciales como ellos.

Esa casa y esos domésticos eran su Versalles; reina entre sus paredes, no era menos reina que María Antonieta, sin el tormento de los deseos insatisfechos, toda vez que sabía limitarlos, no a lo superfluo, sino a lo razonable, y cualquier deseo que se le antojara podía satisfacerlo como si fuera otra reina.


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