El collar de la reina
El collar de la reina El terrible invierno del año 1784[20], un monstruo que devoró una sexta parte de Francia, aunque hubiese llamado a las puertas del palacio del duque de Richelieu, nosotros, encerrados en este comedor tan cálido y perfumado, no lo habríamos visto.
Un poco de hielo en los cristales era el lujo de la naturaleza unido al lujo de los hombres. El invierno posee sus diamantes, su polvera y sus bordados de plata para el rico, sumergido en sus pieles, o encerrado en su carroza, o envuelto en las sedas y los terciopelos de un cálido apartamento. Toda la escarcha es una pompa y toda intemperie un cambio de decorado, que el rico contempla, a través de los vidrios de sus ventanas, como una obra de ese grande y eterno arquitecto que se llama Dios.
En efecto, el que tiene calor puede admirar los árboles ennegrecidos y encontrar encanto en las sombrías perspectivas de las llanuras envueltas en el blanco sudario del invierno.
El que aspira el grato olor de la comida que le espera, puede percibir también, de tiempo en tiempo, a través de una ventana entreabierta, el áspero perfume del cierzo y el glacial vapor de las nieves que estimulan sus ideas.
