El collar de la reina

El collar de la reina

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Capítulo XLIX

Esa fortuna, real y figurada, que Juana de la Motte llevaba consigo la sufrieron los caballos que la habían llevado a Versalles. Si hubo caballos que tras un premio pareció que volasen, fueron los dos desdichados matalones del coche que había alquilado. El auriga, estimulado por la condesa, los convenció de que eran los veloces cuadrúpedos del país de Elida, y que el premio eran dos talentos de oro para él y triple pienso para ellos.

El cardenal no había salido todavía cuando madame de la Motte llegó, sorprendiéndole en el interior de su palacio y de su mundo, y se hizo anunciar más ceremoniosamente que cuando trató de acercarse a la reina.

—¿Venís de Ver salles?

—Sí, monseñor.

El cardenal demostró su inquietud viéndola fríamente impenetrable, lo que ella notó en el acto, como advirtió su tristeza, su desasosiego, pero no sintió la menor piedad.

—¿Y…? —preguntó él.

—Monseñor, ¿qué es lo que deseabais? Hablad un poco, para que no tenga yo que hacerme demasiados reproches.

—Condesa, me decís eso en un tono…

—Triste, ¿verdad?

—Más que triste.


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