El collar de la reina
El collar de la reina Esa fortuna, real y figurada, que Juana de la Motte llevaba consigo la sufrieron los caballos que la habÃan llevado a Versalles. Si hubo caballos que tras un premio pareció que volasen, fueron los dos desdichados matalones del coche que habÃa alquilado. El auriga, estimulado por la condesa, los convenció de que eran los veloces cuadrúpedos del paÃs de Elida, y que el premio eran dos talentos de oro para él y triple pienso para ellos.
El cardenal no habÃa salido todavÃa cuando madame de la Motte llegó, sorprendiéndole en el interior de su palacio y de su mundo, y se hizo anunciar más ceremoniosamente que cuando trató de acercarse a la reina.
—¿VenÃs de Ver salles?
—SÃ, monseñor.
El cardenal demostró su inquietud viéndola frÃamente impenetrable, lo que ella notó en el acto, como advirtió su tristeza, su desasosiego, pero no sintió la menor piedad.
—¿Y…? —preguntó él.
—Monseñor, ¿qué es lo que deseabais? Hablad un poco, para que no tenga yo que hacerme demasiados reproches.
—Condesa, me decÃs eso en un tono…
—Triste, ¿verdad?
—Más que triste.
