El collar de la reina
El collar de la reina Quizá nuestros lectores no se acuerden de en qué situación difícil habíamos dejado a monsieur de Charny. Sabíamos algo de lo ocurrido en esta pequeña antecámara de Versalles, donde al bravo marino, a quien ni los hombres ni los elementos jamás intimidaron, le asustó la posibilidad de verse solo entre tres mujeres: la reina, Andrea y madame de la Motte.
Al llegar a la mitad de la antecámara, De Charny comprendió que no tenía fuerzas para avanzar. Vaciló, abrió los brazos, dobló las rodillas… Alguien acudió en su socorro. Fue entonces cuando el joven oficial se desmayó y al volver en sí, poco después, no supo que la reina lo había visto y que quizá hubiera acudido en su ayuda, si Andrea no la hubiese detenido, más bien por celos que por un frío sentido de las conveniencias. Al volver de nuevo a su gabinete, atenta a la advertencia de Andrea, apenas la puerta se había cerrado tras ella, cuando oyó al húsar anunciando:
—El rey.
El rey se dirigía a las caballerizas porque quería, antes del consejo, reprender a sus monteros para corregir la indolencia que les observaba desde hacía algún tiempo.
