El collar de la reina
El collar de la reina La reina esperaba la respuesta de madame de Misery, por lo que no aguardaba al doctor, quien entró en la estancia con su acostumbrada familiaridad.
—Madame, el enfermo por quien el rey y Vuestra Majestad se interesan se encuentra todo lo mejor que se puede encontrar uno cuando tiene fiebre.
La reina conocÃa al doctor; sabÃa su horror por las gentes que, según decÃa él, chillan en cuanto les duele una muela, y supuso que De Charny habÃa exagerado un poco su mal. Las mujeres fuertes tienden a creer débiles a los hombres también fuertes.
—El herido —dijo— es un herido del que hay que reÃrse.
—No, no —exclamó el doctor.
—Un arañazo…
—No, madame; pero ya sea arañazo o herida, lo que sé es que tiene fiebre.
—Pobre muchacho. ¿Mucha fiebre?
—Mucha.
—Ah… —dijo la reina, con inquietud—. Yo no creÃa que fuera de cuidado. La fiebre…
El doctor la interrumpió, diciéndole:
—Hay fiebres y fiebres.
—Mi querido Louis, ya veis que me estáis asustando. Vos, que siempre tranquilizáis, os veo distinto esta vez.