El collar de la reina

El collar de la reina

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Capítulo LII

El doctor se quedó pensativo, mientras veía alejarse a la reina. Después se dijo: «Hay en este castillo misterios que no pertenecen a la ciencia. Contra ciertos males, una sangría puede bastar, pero al corazón no se le sangra».

Luego, como el acceso había cedido, cerró los ojos de De Charny, le refrescó las sienes con agua y vinagre y dispuso esos cuidados que transforman la atmósfera ardiente del enfermo en un paraíso. Al ver que el herido trocaba sus arrebatos por suspiros y que sólo murmuraba incoherencias, se dijo: «No sólo habría espejismos, sino influencia, su delirio parecía anticiparse a la visita que ha recibido; los átomos humanos se desplazan como se desplaza en el reino vegetal el polvo fecundante; si el pensamiento tiene comunicaciones invisibles, los corazones poseen relaciones secretas».

De pronto, se estremeció y se volvió a medias, escuchando a la vez con el oído y con la mirada. «¿Quién está ahí?». Acababa de oír como un murmullo y un roce de vestidos en el extremo del corredor. «Es imposible que sea la reina». Cautamente, abrió una puerta que daba al corredor, y vio a diez pasos de él una mujer inmóvil y parecida a la estatua fría e inerte de la desesperación.


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