El collar de la reina
El collar de la reina La reina se dirigió sin vacilar al sillón de De Charny, quien levantó la cabeza al oÃr unos pasos.
—La reina… —murmuró, tratando de levantarse.
—La reina, sà —se apresuró a decir MarÃa Antonieta—. La reina, que sabe cómo os empeñáis en perder la razón y la vida; la reina, a quien ofendéis soñando y la ofendéis despierto; la reina, que ni con el pensamiento se la agravie y que vela por vuestra salud. He aquà por qué viene a veros, y no es asà como debéis recibirla.
De Charny se habÃa levantado, tembloroso, pálido, y ante las últimas palabras de la reina, por el dolor fÃsico y por el dolor moral, cayó de rodillas como un culpable.
—¿Es posible —continuó la reina, emocionada ante su respeto y su silencio—, es posible que un famoso gentilhombre y de los más leales pueda agredir la reputación de una mujer? Porque, monsieur de Charny, desde la primera vez que me visteis, no mirasteis en mà a la reina, como yo he querido, sino a la mujer, olvidando lo que un gentilhombre no podÃa olvidar.
De Charny, emocionado, abrumado, intentó hablar, sin que MarÃa Antonieta le dejase.
—¿Qué dirán mis enemigos si vos les ofrecéis el ejemplo de la traición?
