El collar de la reina

El collar de la reina

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Capítulo LXII

Mientras la condesa vivía tan agitada y durante su ensimismamiento, otra escena de diferente orden desarrollábase en la calle de Saint-Claude, frente a la casa habitada por Juana.

El señor de Cagliostro, como se recordará, había alojado en el antiguo palacio de Bálsamo a la fugitiva Olive, perseguida por la policía del señor de Crosne.

La joven, muy inquieta, había aceptado con alegría la ocasión de poder huir al mismo tiempo de la policía y de Beausire; vivía, pues, retraída, oculta, temblorosa, en esta vivienda misteriosa que había abrigado dramas tan horribles, mucho más horribles que la aventura tragicómica de la señorita Nicolasa Legay.

Cagliostro la había colmado de cuidados y obsequios; le parecía algo muy dulce a la joven ser protegida por este gran señor que nada pedía, aunque parecía esperar mucho.

Pero ¿qué era lo que esperaba? He aquí lo que se preguntaba inútilmente la reclusa.

Para la señorita Olive, el señor de Cagliostro, el hombre que había vencido a Beausire y triunfado de los agentes de policía, era un dios salvador y un amante muy delicado, puesto que la respetaba.


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