El collar de la reina
El collar de la reina Olive se metió en el lecho tan pronto se marchó la doncella que le había enviado Cagliostro.
Durmió poco, los pensamientos de toda clase que surgían de la conversación con el conde la hacían soñar despierta, proporcionándole una inquietud somnolienta. No se es muy feliz mucho tiempo cuando se dispone de demasiada riqueza y tranquilidad después de haber sido muy pobre y haber llevado una vida muy agitada.
Olive compadecía a Beausire y admiraba al conde, aunque no comprendía su modo de ser, pues no creía que fuese tímido ni lo consideraba insensible. Tenía mucho miedo de verse turbada por algún silfo[81] durante el sueño y los más pequeños ruidos del entarimado le causaban la agitación propia de las heroínas de novela que duermen en la Torre del Norte. Al amanecer desaparecieron estos terrores, que no carecían de encanto… Nosotros, que no tememos inspirar sospechas al señor de Beausire, podemos aventurar que Nicolasa no vio llegar el momento de la completa seguridad sin un resquicio de despecho coquetón. Matiz intraducible para todo pincel que no fuese el de Watteau y para toda pluma que no fuese la de Marivaux o Crébillon hijo.