El collar de la reina
El collar de la reina Apenas el señor de Charny llegó a sus posesiones y se encerró en su residencia, después de haber atendido a las primeras visitas, el médico le ordenó no recibir a nadie y quedarse en la casa, consigna que fue cumplida con tal rigor, que ninguno de los habitantes del cantón pudo ver al héroe de aquel combate naval, que había producido tanto revuelo en toda Francia, héroe al que las jóvenes, sin excepción, buscaban, porque era muy apuesto.
No obstante, Charny no estaba tan enfermo como se creía. Su mal residía en su corazón y en su cabeza; pero ¡qué mal, santo Dios! Un dolor agudo, incesante, inexorable, el dolor de un quemante recuerdo, el dolor de una pena que le desgarraba.
El amor no es más que una nostalgia; el ausente llora un paraíso ideal, en lugar de llorar una patria material y aun hay que admitir, por muy poeta que se sea, que la mujer bien amada es un paraíso algo menos material que el de los ángeles.
