El collar de la reina
El collar de la reina Reprodujéronse al día siguiente las mismas peripecias. La puerta se abrió a las doce de la noche en punto. Aparecieron las dos mujeres.
Era, como en el cuento árabe, la asiduidad de los genios obedientes a los talismanes, a horas fijas. Charny había adoptado todas las resoluciones; quería conocer aquella noche al feliz personaje a quien favorecía la reina.
Fiel a sus costumbres, aunque no fuesen inveteradas, caminó escondiéndose en los setos; pero cuando llegó al sitio donde dos días antes había tenido lugar el encuentro entré los dos amantes, no encontró a nadie.
La compañera de la reina arrastraba a Su Majestad hacia los baños de Apolo.
Una horrible ansiedad, un nuevo sufrimiento abrumó a Charny. En su inocente probidad, no se había imaginado que el crimen pudiera llegar hasta allí.
La reina, sonriente y cuchicheando, se dirigía hacia el sombrío asilo en el umbral del cual esperaba con los brazos abiertos el gentilhombre desconocido.
Ella entró, tendiendo también sus brazos, y la reja de hierro cerróse tras ambos.
La cómplice se quedó fuera, apoyada en un ciprés tronchado, rodeado de follaje.
