El collar de la reina
El collar de la reina A las cuatro de la tarde de aquel mismo día, un hombre a caballo se detuvo en el lindero del parque, detrás de los baños de Apolo.
El caballero daba un paseo; llevaba su cabalgadura al paso, y pensativo como Hipólito, y como él apuesto, dejaba libres las riendas sobre las crines de su corcel.
Se detuvo, como hemos dicho, en el mismo lugar en que desde hacía tres días el señor de Rohan parábase con su caballo. El suelo, en aquel sitio, estaba pisoteado por las herraduras, y los arbustos presentaban señales de haber sido mordidos en el espacio que rodeaba el tronco de roble al que había atado el caballo. El jinete echó pie a tierra.
—He aquí un lugar bien devastado —dijo.
Y se acercó a la pared.
—Aquí hay señales de un escalo y una puerta recientemente abierta. Era realmente lo que yo había pensado. No en vano hice la guerra a los indios; conozco el paso de los caballos y de los hombres. Hace quince días que el señor de Charny ha vuelto y durante este tiempo no ha aparecido. He aquí la puerta que utilizó para entrar en Versalles.
Y al decir estas palabras, el caballero suspiró dolorosamente, como si el alma se le fuera en el suspiro.