El collar de la reina
El collar de la reina La reina salía a la mañana siguiente, alegre y hermosa, para dirigirse a la misa.
Los guardias habían recibido orden de dejar que se acercase a ella todo el mundo. Era domingo y Su Majestad, al despertarse, había dicho:
—Hermoso día. La vida me parece hoy más grata.
Parecía respirar con más deleite que ordinariamente, el perfume de sus flores favoritas. Mostróse magnánima al otorgar algún don y se apresuró además a ir a poner su alma bajo la protección de Dios.
Oyó la misa sin la menor distracción. Jamás había inclinado tan profundamente su majestuosa cabeza.
En tanto que ella rogaba con fervor, la multitud se agolpaba como otros domingos en el pasaje que conduce desde las habitaciones particulares a la capilla, e inclusive los peldaños de las escaleras estaban repletos de damas y gentileshombres.
Entre las primeras brillaba, modesta pero elegantemente vestida, la señora de La Motte.
En la doble hilera, formada por gentileshombres, se veía a la derecha, al señor de Charny, cumplimentado por numerosos amigos, que se interesaban por su curación, por su regreso y, sobre todo, por su cara radiante.