El collar de la reina

El collar de la reina

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Capítulo LXXI

Mientras tanto el cardenal había visto transcurrir tres noches harto diferentes de las que su imaginación revivía sin cesar.

¡Sin noticias de nadie ni esperanzas de una visita! Aquel silencio mortal después de lo agitado de la pasión, era la oscuridad del sótano después de la alegre luz del sol. El cardenal había acariciado al principio la esperanza de que su amante, mujer antes que reina, quisiera conocer de qué clase era el amor que se le testimoniaba y si ella seguía siendo amada después de haber correspondido.

Sentimiento verdaderamente masculino, que era un arma de dos filos y que hirió dolorosamente al cardenal cuando se volvió contra él.

En efecto, no viendo venir a nadie y sin oír otra cosa que el silencio, como dice el señor de Delille, temió el infortunado que esta prueba le era desfavorable. De ahí la angustia, el miedo y la inquietud que le invadían y de los que no se puede tener una idea, si no se han sufrido esas neuralgias generales que convierten cada una de las fibras nerviosas que conducen al cerebro, en una serpiente de fuego que se enrolla y estira según su propia voluntad.

Esta dolencia se hizo insoportable al cardenal; durante medio día envió diez mensajes a casa de la señora de La Motte y diez a Versalles.


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