El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¿Y la ha perdido, torpe?
—SÃ; pero, buscando bien, puede que la encuentre.
—¿De verdad? —dijo el conde—. Cuénteme eso, señor Bertuccio, pues, realmente, empieza a interesarme.
Y el conde, canturreando una pequeña melodÃa de la Lucia, fue a sentarse en un banco, mientras que Bertuccio le seguÃa, haciendo acopio de todos sus recuerdos.
Bertuccio se quedó de pie delante de él.