El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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»“En la habitación de arriba.”

»“¿Pero, esa es la habitación de ustedes?”

»“¡Oh! No importa; tenemos otra cama en la habitación contigua a esta.”

»Caderousse miró con asombro a su mujer. El joyero canturreó una cancioncilla calentándose la espalda ante un haz de leña con el que La Carconte acababa de prender la chimenea para que el huésped se secara.

»Mientras tanto, iba colocando en una esquina de la mesa, donde había extendido una servilleta, los escasos restos de una cena, a los que añadió dos o tres huevos frescos.

»Caderousse había guardado de nuevo los billetes en la cartera, el oro en un saquito, y todo ello en el armario. Se paseaba de arriba abajo, sombrío y pensativo, levantando de vez en cuando la cabeza hacia el joyero, que estaba fumando delante del hogar, y que según se iba secando se volvía de un lado, y después, del otro.

»“Vamos”, dijo La Carconte poniendo una botella de vino sobre la mesa, “cuando quiera usted cenar, todo está listo”.

»“¿Y ustedes?”, preguntó Joannès.

»“No, yo no voy a cenar”, respondió Caderousse.

»“Hemos comido muy tarde”, se apresuró a decir La Carconte.


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