El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Crédito ilimitado
Al día siguiente, hacia las dos de la tarde, una calesa tirada por dos magníficos caballos ingleses se detuvo a la puerta de Montecristo; un hombre vestido con una levita azul, con botones de seda del mismo color, un chaleco blanco surcado por una enorme cadena de oro y un pantalón color avellana, con cabellos tan negros y que le crecían tan próximos a las cejas que uno dudaría de si se trataba de cabello natural, pues estaban en muy poca armonía con las arrugas inferiores que no llegaba a ocultar; un hombre, en fin, de cincuenta a cincuenta y cinco años, y que intentaba aparentar cuarenta, asomó la cabeza por la portezuela de un cupé en cuyo panel lateral había pintada una corona de barón, y envió a su groom a preguntar al portero si el conde de Montecristo estaba en casa.
