El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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El señor de Villefort no era solamente un magistrado, era casi un diplomático. Sus relaciones con la antigua corte, de la que siempre hablaba con dignidad y deferencia, le hacían respetable en la nueva, y sabía tantas cosas que no sólo le trataban con miramientos siempre, sino que incluso a veces hasta le consultaban. Quizá no hubiera sido así si hubieran podido desprenderse del señor de Villefort, pero, como esos señores feudales rebeldes a su soberano, habitaba una fortaleza inexpugnable. Esa fortaleza era su cargo de fiscal del rey, cuyas ventajas explotaba maravillosamente, y que no hubiera dejado para hacerse elegir diputado y reemplazar así la neutralidad por la oposición.

En general, el señor de Villefort hacía o devolvía pocas visitas. Su mujer visitaba por él: era algo de recibo en ese gran mundo, que lo que se le disculpaba al magistrado por sus numerosas ocupaciones, no era en realidad más que un cálculo de orgullo, una quintaesencia de aristocracia, la aplicación, en fin, de este axioma: haz como si te estimaras a ti mismo y te estimarán, axioma cien veces más útil en nuestra sociedad que el de los griegos: conócete a ti mismo, reemplazado en nuestros días por el arte menos difícil y más ventajoso de conocer a los demás.



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