El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo El interrogatorio
Apenas Villefort hubo salido del comedor, se quitó su máscara alegre para tomar el aspecto grave de un hombre llamado a la suprema función de pronunciarse sobre la vida de un semejante. Ahora bien, a pesar de la movilidad de su fisonomía, movilidad que, como debe hacer todo hábil actor, había ensayado más de una vez ante el espejo, esta vez le supuso un gran esfuerzo fruncir el ceño y entristecer sus rasgos. En efecto, aparte del recuerdo de esa línea política seguida por su padre, y que, si no se alejaba de ella completamente, podía influir en que su futuro se torciera, Gérard de Villefort era en este momento tan feliz como le es dado serlo a un hombre; ya rico por sí mismo, ocupaba a sus veintisiete años un puesto relevante en la magistratura, desposaba a una joven y bella persona a la que amaba, no apasionadamente, sino con la razón, como puede amar un sustituto del fiscal del rey, y además de su belleza, que era notable, la señorita de Saint-Méran, su prometida, pertenecía a una de esas familias mejor situadas de la época; y además de la influencia de su padre y de su madre, que al no tener más hijos podían conservar entera para su yerno, aportaba también a su marido una dote de cincuenta mil escudos que, gracias a las expectativas, atroz palabra inventada por los mediadores de ese matrimonio, podía aumentarse un día con una herencia de medio millón aproximadamente.
