El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Todos esos elementos reunidos sumaban, pues, para Villefort un total de felicidad deslumbrante, hasta el punto de que podría objetar ver manchas en el sol, cuando había mirado durante largo tiempo su vida interior con los ojos del alma.
En la puerta le esperaba el comisario de policía. El ver a ese hombre vestido de negro le hizo caer rápidamente desde las alturas del tercer cielo hasta la tierra material que pisamos; recompuso su rostro, como hemos dicho, y acercándose al oficial de justicia:
—Aquí estoy, señor —le dijo—; he leído la carta y ha hecho usted bien en arrestar a ese hombre; ahora deme todos los detalles que ha recogido sobre él y sobre la conspiración.
—De la conspiración, señor, no sabemos aún nada; todos los papeles que se le han incautado y que llevaba consigo están recogidos en un solo legajo y han sido sellados y depositados en su despacho de usted. En cuanto al acusado, ya lo ha visto usted en la misma carta que lo denuncia, es un tal Edmond Dantès, el segundo de a bordo del tres palos el Pharaon, que comercia algodón con Alejandría y Esmirna y que pertenece a la casa Morrel e hijo, de Marsella.
—¿Antes de servir en la marina mercante había servido en la marina militar?
—¡Oh, no! Señor; es un muchacho muy joven.
—¿De qué edad?