El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Te equivocas, mi señor; nunca amé a mi padre como te amo a ti; mi amor por ti es otro amor: mi padre murió y yo no estoy muerta; mientras que tú, si tú murieras, yo morirÃa.
El conde tendió la mano a la joven con una sonrisa de profunda ternura; ella posó allà sus labios y la besó, como de costumbre.
Y el conde, preparado asà para la entrevista que iba a tener lugar con Morrel y su familia, partió recitando en un murmullo estos versos de PÃndaro: «La juventud es una flor, cuyo fruto es el amor… Dichoso el jardinero que lo corta después de haberla visto madurar lentamente…».
Según sus órdenes, el coche estaba preparado. Subió a él y, como siempre, los caballos partieron al galope.