El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo La casa, que se levantaba por encima de una planta de cocinas y despensas, tenía, además de la planta baja, dos plantas completas y las buhardillas; los jóvenes la habían comprado con sus dependencias, que consistían en un inmenso taller, dos pabellones al fondo de un jardín y el jardín mismo. Emmanuel, desde el primer golpe de vista, se había dado cuenta de que esas dependencias podían serle de alguna utilidad monetaria; se habían reservado para ellos la casa y la mitad del jardín, y habían trazado una línea, es decir, que habían hecho construir un pequeño muro entre la casa y los talleres que había alquilado con los pabellones y la parte del jardín correspondiente; de manera que la vivienda les salía por una suma bastante módica, y quedaban tan bien protegidos en su casa como el minucioso propietario de un palacete en el Faubourg Saint-Germain.
El comedor era de roble; el salón de caoba y de terciopelo azul; el dormitorio de limonero y de damasco verde; había además un gabinete de trabajo para Emmanuel, que no trabajaba, y un salón de música para Julie, que no tocaba ningún instrumento.
El segundo piso estaba totalmente consagrado a Maximilien; el apartamento era una repetición exacta del de su hermana, solamente el comedor, al que había convertido en sala de billar donde se reunía con sus amigos, marcaba la diferencia.