El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo La palidez del conde, que desde hacía algunos segundos iba creciendo, se hizo espantosa con esas palabras. Toda la sangre se le agolpaba en el corazón, no podía hablar; sacó el reloj como si hubiese olvidado la hora, cogió el sombrero, presentó a la señora Herbault un cumplido brusco y embarazoso, y estrechando las manos de Emmanuel y de Maximilien:
—Señora —dijo—, permítame venir de vez en cuando a presentarles mis respetos. Me gusta su casa y les agradezco el recibimiento que me han dispensado, pues es la primera vez, desde hace muchos años, que me he olvidado de mí mismo.
Y salió a pasos acelerados.
—Es un hombre singular este conde de Montecristo —dijo Emmanuel.
—Sí —respondió Maximilien—, pero creo que tiene un corazón excelente, y estoy seguro de que nos aprecia mucho.
—¡Y yo! —dijo Julie—. Su voz me llega al corazón, y por dos o tres veces me pareció que no era la primera vez que la oía.