El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¿Dónde está? ¿Tú lo sabes? Dime.

—Está bajo el gran castaño —continuó el malvado chiquillo, ofreciendo, a pesar de los gritos de su madre, moscas vivas al loro, que parecía muy ansioso de esa clase de presa.

La señora de Villefort tendió la mano para llamar y para indicar a la doncella dónde se encontraba Valentine, cuando esta entró. Parecía triste, en efecto, y al mirarla atentamente se hubieran podido ver en sus ojos huellas del llanto.

Valentine, a la que hemos presentado a nuestros lectores sin hacérsela conocer, llevados por la rapidez del relato, era una joven alta y esbelta, de unos diecinueve años, de cabello castaño claro, de ojos azul oscuro, de andares lánguidos y con la huella de esa exquisita distinción que caracterizaba a su madre; sus manos blancas y alargadas, su cuello de nácar, sus mejillas jaspeadas de fugitivos colores, le daban, como primera impresión, el aire de una de esas hermosas inglesas a quienes se compara bastante poéticamente en sus andares a los cisnes que se reflejan en los estanques.

Valentine entró, pues, y al ver a su madre junto al desconocido del que había oído tanto hablar, saludó sin ningún melindre de jovencita y sin bajar los ojos, con una gentileza que duplicó la atención del conde.

Este se levantó.


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