El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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En cuanto a Danglars, había declarado que sus principios políticos y su calidad de diputado de la oposición no le permitían acudir al palco del ministro. En consecuencia, la baronesa había escrito a Lucien para que viniera a recogerla, dado que no podía ir a la Ópera sola con Eugénie.

En efecto, si las dos mujeres hubieran ido solas, ciertamente eso hubiera estado muy mal visto, mientras que si la señorita Danglars iba a la Ópera con su madre y el amante de su madre, no había nada que decir. Hay que tomar el mundo como es.

Se levantó el telón, como de costumbre, estando la sala casi vacía. Sigue siendo una costumbre de nuestra fashion parisina llegar al espectáculo cuando el espectáculo ya ha comenzado; de ello resulta que el primer acto transcurre, por parte de los espectadores que van llegando, no mirando o escuchando la obra, sino mirando a los espectadores que entran, y no oyendo nada sino el ruido de las puertas y el de las conversaciones.

—¡Vaya! —dijo de repente Albert al ver abrirse un palco lateral de la primera fila—, ¡vaya! ¡La condesa G…!

—¿Qué es eso de la condesa G…? —preguntó Château-Renaud.

—¡Oh! Caramba, barón, esa es una pregunta que no le perdono; ¿usted pregunta qué es eso de la condesa G…?


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