El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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La cabeza pequeña y angulosa de este hombre, sus cabellos canosos, su mostacho espeso y gris le hicieron ser reconocido por Baptistin, que había recibido la exacta descripción del visitante y que le esperaba a la puerta del vestíbulo. Además, apenas hubo pronunciado su nombre ante el inteligente sirviente, que Montecristo ya estaba avisado de su llegada.

Condujeron al desconocido hasta el salón más sencillo. El conde le esperaba allí, y vino hacia él sonriendo.

—¡Ah! Querido señor —dijo—, sea bienvenido. Le estaba esperando.

—¿De verdad —dijo el luqués—, Su Excelencia me esperaba?

—Sí; ya estaba al tanto de su llegada para hoy a las siete.

—¿De mi llegada? ¿Usted estaba avisado?

—Perfectamente.

—¡Ah! ¡Mejor que mejor! Confieso que temía que se hubieran olvidado de esa pequeña previsión.

—¿Qué previsión?

—La de avisarle.

—¡Oh! ¡No, no!

—¿Pero está usted seguro de no equivocarse?

—Estoy seguro.

—¿Seguro que es a mí a quien Su Excelencia esperaba hoy a las siete?


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