El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Está bien, allà estaremos —dijo el mayor, llevándose la mano al sombrero.
Los dos Cavalcanti saludaron al conde y salieron.
El conde se acercó a la ventana, y les vio cruzar el patio cogidos del brazo.
«En verdad», se dijo el conde, «¡vaya par de miserables! ¡Es una pena que no sean realmente padre e hijo!».
Después de un instante de reflexión:
«Vámonos a casa de los Morrel», se dijo; «creo que el asco me repugna aún más que el odio».