El Conde de Montecristo

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El joven comprendió todo con esa rápida intuición propia de los amantes y su corazón se apaciguó. Además, sin llegar al alcance de la voz, Valentine dirigió el paseo de manera que Maximilien pudiera verla pasar y volver a pasar, y cada vez que pasaba y volvía a pasar, una mirada, desapercibida para su acompañante, pero dirigida al otro lado de la verja y recogida por el joven, le decía: «Tenga paciencia, amigo mío, ya ve que no es culpa mía».

Y Maximilien, en efecto, tenía paciencia sin dejar de admirar el contraste entre las dos muchachas: entre esa rubia de mirada tierna y de talle arqueado como un hermoso sauce, y esa morena de mirada altiva y de talle recto como un álamo; además, ni qué decir tiene que en esa comparación entre dos naturalezas tan opuestas, todas las ventajas, al menos en el corazón del joven, iban para Valentine.

Al cabo de una media hora de paseo, las dos jóvenes se alejaron. Maximilien comprendió que había llegado a término la visita de la señora Danglars.

En efecto, un instante después, Valentine reapareció sola. Por temor a que alguna mirada indiscreta siguiera sus pasos, venía con sigilo; y en lugar de dirigirse directamente a la verja, fue a sentarse en el banco, después de observar con toda atención cada macizo de zarzas e inquirir con la mirada el final de cada sendero.


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