El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Oh! Valentine —dijo Maximilien—, por esa abertura del parapeto… su dedo meñique, quiero besárselo.
—¡Maximilien, nos habÃamos jurado ser sólo dos voces, dos sombras!
—Como quiera, Valentine.
—¿Se pondrá contento si hago lo que me pide?
—¡Oh! SÃ.
Valentine se subió a un banco y pasó, no a través de ese hueco su dedo meñique, sino toda la mano por encima del parapeto.
Maximilien dio un grito, y buscando a su vez un poyo para subirse, cogió la mano adorada y aplicó en ella sus ardientes labios; pero enseguida la dulce mano se deslizó por las suyas, y el joven oyó huir a Valentine, ¡asustada, tal vez, de la sensación que acababa de sentir!