El Conde de Montecristo

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Capítulo VIII

El castillo de If

Al atravesar la antecámara, el comisario de policía hizo una seña a dos gendarmes, los cuales se colocaron uno a la derecha y el otro a la izquierda de Dantès; abrieron una puerta que comunicaba el apartamento del fiscal del rey con el Palacio de Justicia, siguieron un rato por uno de esos grandes corredores sombríos que hacen temblar, aunque no tengan ningún motivo, a quienes por allí pasan.

Así como el apartamento de Villefort comunicaba con el Palacio de Justicia, el Palacio de Justicia comunicaba con la prisión, sombrío monumento pegado al palacio y que curiosamente mira, por todos sus vanos abiertos, hacia el campanario de las Accoules que se erige delante de él.

Después de numerosas vueltas por el corredor que iban siguiendo, Dantès vio que se abría una puerta con una ventanilla de hierro; el comisario dio tres golpes con un martillo, golpes que resonaron, para Dantès, como si se los hubiesen dado en su mismo corazón; la puerta se abrió, los dos gendarmes empujaron ligeramente al prisionero que dudaba un poco. Dantès franqueó el temible umbral y la puerta se volvió a cerrar ruidosamente tras él. Allí se respiraba otro aire, un aire mefítico y pesado: estaba en prisión.


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