El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Capítulo LIX

El testamento

En el momento en el que salió Barrois, Noirtier miró a Valentine con ese malicioso interés que anunciaba grandes cosas. La joven comprendió esa mirada, y Villefort también, pues su frente se oscureció frunciendo el ceño.

Tomó un asiento, se instaló en la habitación del paralítico, y esperó.

Noirtier le miraba con perfecta indiferencia, pero, con el rabillo del ojo, ordenaba a Valentine que no se inquietase y que se quedase también en la sala.

Tres cuartos de hora después, el criado entró con el notario.

—Señor —dijo Villefort después de los primeros saludos—, se le ha llamado a instancias del señor Noirtier de Villefort, aquí presente. Una parálisis general le tiene impedido del uso de sus miembros y de su voz, y sólo nosotros, con gran esfuerzo, llegamos a captar algunos trazos de su pensamiento.

Noirtier llamó con la mirada a Valentine, llamada tan seria e imperativa, que ella respondió de inmediato:

—Yo, señor, yo entiendo todo lo que quiere decir mi abuelo.

—Es cierto —añadió Barrois—, todo, absolutamente todo, como le decía yo a usted de camino.


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