El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo El testamento
En el momento en el que salió Barrois, Noirtier miró a Valentine con ese malicioso interés que anunciaba grandes cosas. La joven comprendió esa mirada, y Villefort también, pues su frente se oscureció frunciendo el ceño.
Tomó un asiento, se instaló en la habitación del paralítico, y esperó.
Noirtier le miraba con perfecta indiferencia, pero, con el rabillo del ojo, ordenaba a Valentine que no se inquietase y que se quedase también en la sala.
Tres cuartos de hora después, el criado entró con el notario.
—Señor —dijo Villefort después de los primeros saludos—, se le ha llamado a instancias del señor Noirtier de Villefort, aquí presente. Una parálisis general le tiene impedido del uso de sus miembros y de su voz, y sólo nosotros, con gran esfuerzo, llegamos a captar algunos trazos de su pensamiento.
Noirtier llamó con la mirada a Valentine, llamada tan seria e imperativa, que ella respondió de inmediato:
—Yo, señor, yo entiendo todo lo que quiere decir mi abuelo.
—Es cierto —añadió Barrois—, todo, absolutamente todo, como le decía yo a usted de camino.
