El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo La cena
Era evidente que al pasar al comedor un mismo sentimiento animaba a todos los comensales. Se preguntaban qué extraña influencia les habÃa conducido a todos a esta casa y, sin embargo, por muy asombrados e incluso por muy inquietos que estuvieran algunos por encontrarse allÃ, de ninguna manera hubiesen querido perdérselo.
Y, sin embargo, las relaciones de fecha reciente, la posición excéntrica y aislada, la fortuna desconocida y casi de fábula del conde, obligaban a los hombres a estar circunspectos y era de ley para las damas no entrar de ninguna manera en esa casa en la que no habÃa mujeres para recibirlas; y, sin embargo, hombres y mujeres habÃan pasado por encima, ellos de la circunspección y ellas de la conveniencia; y la curiosidad, picando con su irresistible aguijón, habÃa prevalecido sobre todo lo demás.
Y hasta los Cavalcanti, padre e hijo, uno, a pesar de su rigidez, y otro, a pesar de su desenvoltura, parecÃan preocupados al verse en casa de ese hombre, cuyas razones ocultas desconocÃan, y al verse reunidos con otros hombres a los que veÃan por primera vez.
