El Conde de Montecristo

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Capítulo LXIII

La cena

Era evidente que al pasar al comedor un mismo sentimiento animaba a todos los comensales. Se preguntaban qué extraña influencia les había conducido a todos a esta casa y, sin embargo, por muy asombrados e incluso por muy inquietos que estuvieran algunos por encontrarse allí, de ninguna manera hubiesen querido perdérselo.

Y, sin embargo, las relaciones de fecha reciente, la posición excéntrica y aislada, la fortuna desconocida y casi de fábula del conde, obligaban a los hombres a estar circunspectos y era de ley para las damas no entrar de ninguna manera en esa casa en la que no había mujeres para recibirlas; y, sin embargo, hombres y mujeres habían pasado por encima, ellos de la circunspección y ellas de la conveniencia; y la curiosidad, picando con su irresistible aguijón, había prevalecido sobre todo lo demás.

Y hasta los Cavalcanti, padre e hijo, uno, a pesar de su rigidez, y otro, a pesar de su desenvoltura, parecían preocupados al verse en casa de ese hombre, cuyas razones ocultas desconocían, y al verse reunidos con otros hombres a los que veían por primera vez.


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