El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Había, pues, contemplado con una complacencia indecible el enorme diamante que brillaba en el dedo meñique del mayor, pues este, como hombre prudente y experimentado, por temor a que sus billetes de banco sufriesen algún accidente, los había convertido, al instante, en un objeto de valor. Además, después de la cena, siempre bajo pretexto de negocios y de viajes, había preguntado a padre e hijo sobre su modo de vida; y el padre y el hijo, prevenidos como estaban de que era en la banca Danglars en donde debían abrirles, a uno su crédito de cuarenta y ocho mil francos, entregados de una sola vez, y al otro su crédito anual de cincuenta mil libras, habían estado encantadores y llenos de afabilidad con el banquero, a cuyos criados, si estos no se hubieran retenido, les habrían hasta estrechado la mano, de tal manera su agradecimiento sentía la necesidad de expansión.