El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Al salir de la Cámara, Danglars, que había dado violentas muestras de agitación durante la sesión parlamentaria, y que sobre todo había sido más ácido que nunca contra el Ministerio, volvió a subir a su coche y ordenó al cochero que le llevara a la Avenida de los Champs-Elysées, n.º 30.
Montecristo estaba en casa; pero estaba con alguien y rogaba a Danglars que esperase un instante en el salón.
Mientras que el banquero aguardaba, la puerta se abrió, y vio entrar a un hombre con la sotana de abate, que, en lugar de esperar como él, más habitual que él, sin duda, en la casa, le saludó, entró en el interior de los aposentos y desapareció.
Un instante después, la puerta por la que había entrado el sacerdote se volvió a abrir, y Montecristo entró.
—Perdón —dijo—, querido barón, pero uno de mis buenos amigos, el abate Busoni, a quien usted habrá visto pasar, acaba de llegar a París; hacía mucho tiempo que nos habíamos separado, y no he tenido el valor de dejarle tan pronto. Espero que, en honor del motivo, usted me disculpe por haberle hecho esperar.
—¡Claro que sí! —dijo Danglars—. Es muy sencillo, soy yo quien ha venido en mal momento, y voy a retirarme.