El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Pardiez! Me vendió bastante pescado como para que no le conozca.
—Entonces, ¿por qué le da usted a su hija?
—Porque Fernand y Danglars, al ser ambos simples nuevos ricos, ambos ennoblecidos, tanto valen uno como otro, en el fondo, salvo en ciertas cosas, sin embargo, que se dicen de él y que nunca dirán de mÃ.
—¿Qué cosas?
—Nada.
—¡Ah! SÃ, comprendo; lo que me dice me refresca la memoria a propósito del nombre de Fernand Mondego; oà pronunciar ese nombre en Grecia.
—¿Por el asunto de AlÃ-Pachá?
—Justamente.
—Ese es el misterio —repuso Danglars—, y confieso que hubiese dado muchas cosas por descubrirlo.
—No era difÃcil, si hubiera usted tenido ganas de saberlo.
—¿Y cómo?
—¿Sin duda usted tiene algún corresponsal en Grecia?
—¡Pardiez!
—¿En Janina?
—Y por todas partes…
—Pues bien, escriba a su corresponsal en Janina y pregunte qué papel desempeñó un francés, llamado Fernand, en la catástrofe de AlÃ-Tebelin.