El Conde de Montecristo

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Capítulo LXVII

El gabinete del fiscal del rey

Dejemos al banquero regresar al gran trote de sus caballos, y sigamos a la señora Danglars en su excursión matinal.

Hemos dicho que a las doce y media la señora Danglars había pedido sus caballos y había salido en coche.

Se dirigió hacia el Faubourg Saint-Germain, tomó la calle Mazarine, y ordenó detenerse en el pasaje del Pont-Neuf.

Se apeó y atravesó el pasaje. Iba vestida con mucha sencillez, como corresponde a una dama de buen gusto que sale por la mañana.

En la calle Guénégaud subió a un coche de alquiler, indicando al cochero la calle de Harlay como destino de su carrera.

En cuanto se vio en el coche, sacó de su bolso un velo negro, muy tupido, que colocó sobre el sombrero de paja; después, se ajustó el sombrero en la cabeza y vio con satisfacción, al mirarse en un espejito de bolsillo, que sólo se podía ver de ella su piel blanca y las pupilas resplandecientes de sus ojos.


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