El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Un baile de verano
El mismo día, hacia la hora en la que la señora Danglars tenía la sesión que hemos descrito en el gabinete del señor fiscal del reino, una calesa de viaje, que entraba por la calle de Helder, franqueaba la puerta del número 27 y se detenía en el patio.
Al cabo de un instante, se abría la portezuela, y la señora de Morcerf se apeaba apoyándose en el brazo de su hijo.
En cuanto Albert acompañó a su madre a sus aposentos, pidió un baño, y después, sus caballos, y tras ponerse en manos de su ayuda de cámara, su cochero le condujo a los Champs-Elysées, a casa del conde de Montecristo.
El conde le recibió con su sonrisa habitual. Era algo extraño: parecía que nunca se pudiera dar un paso hacia adelante en el corazón o en el espíritu de este hombre. Los que intentaban, si se puede decir así, forzar el paso hacia su intimidad, encontraban un muro.
Morcerf, que acudía a él con los brazos abiertos, al verle, y a pesar de esa sonrisa amistosa, dejó caer los brazos, y osó, todo lo más, tenderle la mano.
Por su parte Montecristo se la dio, como hacía siempre, pero sin estrechársela.
—Y bien, aquí estoy de nuevo —dijo—, querido conde.
—Sea bienvenido.
