El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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El abate, que estaba pasando un mes en París, vivía detrás de Saint-Sulpice, en una casita de una sola planta además de la planta baja; cuatro habitaciones, dos arriba y dos abajo, formaban toda la vivienda de la que era el único inquilino.

Las dos habitaciones de abajo se componían de un comedor con una mesa, dos sillas y un aparador de nogal, y un salón con paredes de madera pintado en blanco, sin adornos, sin alfombras y sin reloj. Se veía que para sí mismo el abate se limitaba a los objetos de estricta necesidad.

Es cierto que el abate ocupaba preferentemente el salón del primer piso. Este salón, amueblado con libros de teología y pergaminos, en medio de los cuales se le veía sepultado, según decía su ayuda de cámara, durante meses enteros, era en realidad, más que un salón, una biblioteca.

Este criado miraba al visitante a través de una especie de ventanilla, y cuando su rostro le era desconocido o no le gustaba, respondía que el abate no estaba en París, y algunos se contentaban con esa respuesta, sabiendo que el abate viajaba a menudo y que a veces permanecía durante mucho tiempo de viaje.


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