El Conde de Montecristo

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Capítulo LXX

El baile

Llegaron los días más cálidos de julio, cuando se presentó, a su vez, en el orden del tiempo, ese sábado en el que debía tener lugar el baile en casa del señor de Morcerf.

Eran las diez de la noche; los grandes árboles del jardín del palacete del conde se destacaban con fuerza sobre un cielo en el que se deslizaban, como sobre un tapiz azul sembrado de estrellas doradas, los últimos vapores de una tormenta que había bramado amenazante durante todo el día.

En las salas de la planta baja se oía el murmullo de la música y el torbellino del vals y de la galopa, mientras que bandas resplandecientes de luz pasaban cortantes a través de las aberturas de las persianas.

El jardín en ese momento estaba en manos de una docena de sirvientes, a quienes el ama de casa, con la seguridad de que el tiempo se iba serenando cada vez más, acababa de dar la orden de servir allí el refrigerio.

Hasta ese momento habían dudado si cenarían en el comedor o bajo una larga carpa de dril levantada en el mismo césped. Ese hermoso cielo azul, todo constelado de estrellas, acababa de decidir el proceso a favor de la tienda y del césped.


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