El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo La tarde del compromiso
Villefort, como hemos dicho, habÃa tomado de nuevo el camino de la plaza del Grand-Cours y, entrando en la casa de la señora de Saint-Méran, encontró que los invitados que dejó a la mesa habÃan pasado al salón, a tomar el café.
Renée le esperaba con una impaciencia que era compartida con el resto de los allà reunidos. Asà que fue acogido con una exclamación general:
—¡Y bien, cortacabezas, sostén del Estado, Bruto, en monárquico! —exclamó alguien—. ¿Qué ocurre? ¡Vamos!
—Y bien, ¿es que nos amenaza un nuevo régimen del Terror? —preguntó otro.
—¿Es que el ogro de Córcega ha salido de su caverna? —preguntó un tercero.
—Señora marquesa —dijo Villefort acercándose a su futura suegra—, vengo a rogarle que me disculpe por haberme visto obligado a salir asÃ… Señor marqués, ¿podrÃa tener el honor de decirle dos palabras en privado?
—¡Ah! ¿Asà que es, entonces, realmente grave? —preguntó la marquesa, observando la nube que oscurecÃa el semblante de Villefort.
