El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Ah! Señora —dijo un viejo general muy galante que cantó en 1809 ¡Partamos para Siria!—, no saldremos solos al jardín.

—De acuerdo —dijo Mercedes—, yo misma voy a dar ejemplo.

Y dirigiéndose a Montecristo:

—Señor conde —dijo—, hágame el honor de ofrecerme su brazo.

El conde casi se cae al oír esas simples palabras, después, miró un momento a Mercedes. Ese momento tuvo la rapidez de un relámpago y, sin embargo, a la condesa le pareció que duraba un siglo, de tantos pensamientos como Montecristo había puesto en esa sola mirada.

Le ofreció el brazo a la condesa; ella se apoyó en él o, por decirlo mejor, le rozó con su gentil mano, y los dos bajaron por uno de los laterales de la escalinata adornada a ambos lados con rododendros y camelias.

Tras ellos, por el otro lateral, una veintena de invitados salió precipitadamente al jardín, con ruidosas exclamaciones de gozo.


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