El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo El pan y sal
La señora de Morcerf entró bajo la bóveda de verdor con su acompañante; esta bóveda era un sendero de tilos que conducía a un invernadero.
—Hacía demasiado calor en el salón, ¿no, señor conde? —dijo.
—Sí, señora; y su idea de abrir puertas y ventanas ha sido excelente.
Al terminar esta frase, el conde se dio cuenta de que la mano de Mercedes temblaba.
—Pero usted, con ese vestido ligero y sin llevar nada al cuello más que ese echarpe de gasa, quizá tenga frío, ¿no? —dijo.
—¿Sabe adónde le llevo? —dijo la condesa, sin responder a la pregunta de Montecristo.
—No, señora —respondió este—; pero, ya lo ven, amigos, no opongo resistencia.
—Al invernadero que ve allí, al final de este sendero.
El conde miró a Mercedes como para preguntar algo, pero ella continuó el paseo sin decir nada, y Montecristo, por su parte, permaneció mudo.
Llegaron al invernadero, todo lleno de frutas magníficas que desde el comienzo de julio alcanzaban la madurez, bajo esa temperatura siempre calculada para reemplazar el calor del sol, tan a menudo ausente en estas tierras.
