El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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La condesa dejó el brazo de Montecristo y fue a cortar de una cepa un racimo de uvas de moscatel.

—Tenga, señor conde —dijo con una sonrisa tan triste que las lágrimas hubieran podido aflorar al borde de sus ojos—; tenga, nuestras uvas de Francia no son comparables, lo sé, a sus vides de Sicilia o de Chipre, pero será usted indulgente con nuestro pobre sol del norte.

El conde hizo una inclinación y dio un paso atrás.

—¿Me lo rechaza? —dijo Mercedes con voz temblorosa.

—Señora —respondió Montecristo—, le ruego humildemente que me disculpe, pero nunca tomo uvas de moscatel.

Mercedes dejó caer el racimo suspirando. Un hermoso melocotón colgaba del árbol contiguo, en espaldera, que había dado frutos, como las cepas de uva, bajo el calor artificial del invernadero.

Mercedes se acercó a la fruta aterciopelada y la cortó.

—Tome, entonces, este melocotón —dijo ella.

Pero el conde tuvo el mismo gesto de rechazo.

—¡Oh! ¡Tampoco! —dijo ella en un tono tan doloroso que se notaba que se ahogaba en un sollozo—. De verdad, me duele mucho.


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