El Conde de Montecristo

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Entonces, en lugar de atacar los expedientes apilados delante de él, abrió un cajón de su mesa de despacho, accionó un mecanismo secreto y sacó el envoltorio de sus notas personales, manuscritos valiosos, entre los que había clasificado y etiquetado con iniciales sólo conocidas por él los nombres de todos los que en su carrera política, en sus asuntos monetarios, en sus diligencias del oficio de fiscal o en sus misteriosos amoríos, se habían convertido en sus enemigos.

El número era tan formidable en ese momento que había empezado a temblar; y, sin embargo, todos esos nombres, por muy poderosos y por muy numerosos que fuesen, le habían hecho muchas veces sonreír, como sonríe el viajero que, desde la cima culminante de la montaña, observa a sus pies los agudos picos, los caminos impracticables y las aristas de los precipicios cerca de los cuales, para llegar a la cumbre, trepó penosamente durante tanto tiempo.

En cuanto hubo repasado bien esos nombres de la lista en su memoria, en cuanto los hubo releído bien, estudiado bien, y comentado bien, meneó la cabeza.




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