El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Asuntos que creo son de la mayor gravedad, y que necesitan que yo salga al instante hacia ParÃs. Ahora, marqués, disculpe la indiscreta brutalidad de mi pregunta: ¿tiene usted rentas o pagarés del Estado?
—Toda mi fortuna está en deuda del Estado; seiscientos mil o setecientos mil francos, más o menos.
—Pues bien, venda, marqués, venda o se verá arruinado.
—¿Pero cómo quiere usted que venda desde aqu�
—Tiene usted un agente de cambio, ¿no es as�
—SÃ.
—Deme una carta para él y que venda sin perder un minuto, sin perder un segundo; quizá incluso yo llegue demasiado tarde.
—¡Diablos! —dijo el marqués—. No perdamos tiempo.
Y se sentó a la mesa y escribió una carta a su agente de cambio, en la que le ordenaba vender a toda costa.
—Ahora que tengo esta carta —dijo Villefort guardándola cuidadosamente en su portafolios—, necesito otra.
—¿Para quién?
—Para el rey.
—¿Para el rey?
—SÃ.