El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Pero esta vez Valentine, según su costumbre, dio dos o tres vueltas en medio de los macizos de flores, pero sin coger ninguna flor: el luto de su corazón, que no había tenido aún tiempo de extenderse a toda su persona, rechazaba ese sencillo adorno; después, se encaminó hacia su sendero habitual. A medida que avanzaba, le parecía oír una voz que pronunciaba su nombre. Se detuvo asombrada.
Entonces esa voz llegó hasta su oído más claramente, y reconoció la voz de Maximilien.