El Conde de Montecristo

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Capítulo LXXIII

La promesa

Era, en efecto, Morrel, quien desde la víspera ya no vivía. Con ese instinto particular de los enamorados y de las madres, había adivinado que, a consecuencia de esa llegada de la señora de Saint-Méran y de la muerte del marqués, iba a ocurrir algo en casa de Villefort que afectaría mucho a su amor por Valentine.

Como vamos a ver, sus presentimientos se habían realizado, y no era una simple inquietud lo que le llevaba tan asustado y tembloroso a la verja de los castaños.

Pero Valentine no había sido advertida de la espera de Morrel, no era la hora en la que solía venir de ordinario, y fue el puro azar o, si lo preferimos, una hermosa sintonía lo que la condujo al jardín. Cuando apareció, Morrel la llamó; ella corrió a la verja.

—¡Usted, a esta hora! —dijo.

—Sí, mi pobre amiga —respondió Morrel—, vengo a buscar noticias, pero también a traer malas noticias.

—Esta es la casa de las desgracias —dijo Valentine—, hable, Maximilien. Pero de verdad que la suma de desgracias es ya suficiente.

—Querida Valentine —dijo Morrel, intentando reponerse de su propia emoción para hablar adecuadamente—, escúcheme bien, se lo ruego, pues todo lo que voy a decirle es muy importante. ¿Cuándo cuenta usted casarse?


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