El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo La promesa
Era, en efecto, Morrel, quien desde la vÃspera ya no vivÃa. Con ese instinto particular de los enamorados y de las madres, habÃa adivinado que, a consecuencia de esa llegada de la señora de Saint-Méran y de la muerte del marqués, iba a ocurrir algo en casa de Villefort que afectarÃa mucho a su amor por Valentine.
Como vamos a ver, sus presentimientos se habÃan realizado, y no era una simple inquietud lo que le llevaba tan asustado y tembloroso a la verja de los castaños.
Pero Valentine no habÃa sido advertida de la espera de Morrel, no era la hora en la que solÃa venir de ordinario, y fue el puro azar o, si lo preferimos, una hermosa sintonÃa lo que la condujo al jardÃn. Cuando apareció, Morrel la llamó; ella corrió a la verja.
—¡Usted, a esta hora! —dijo.
—SÃ, mi pobre amiga —respondió Morrel—, vengo a buscar noticias, pero también a traer malas noticias.
—Esta es la casa de las desgracias —dijo Valentine—, hable, Maximilien. Pero de verdad que la suma de desgracias es ya suficiente.
—Querida Valentine —dijo Morrel, intentando reponerse de su propia emoción para hablar adecuadamente—, escúcheme bien, se lo ruego, pues todo lo que voy a decirle es muy importante. ¿Cuándo cuenta usted casarse?
