El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Escuche —dijo a su vez Valentine—, yo no quiero ocultarle nada, Maximilien. Esta mañana han hablado de mi matrimonio, y mi abuela, con la que yo contaba como un apoyo seguro que no me faltarÃa, no solamente se ha declarado a favor de ese matrimonio, sino que lo desea hasta el punto de que sólo lo retrasa la llegada del señor d’Épinay, y que al dÃa siguiente de su llegada se firmará el contrato.
Un penoso suspiro abrió el pecho del joven, y miró triste y ampliamente a la joven.
—¡Ay! —repuso en voz baja—. Es espantoso oÃr a la mujer que uno ama: «El momento de su suplicio está fijado: tendrá lugar dentro de algunas horas; pero poco importa, tiene que ser asÃ, y por mi parte, no manifestaré ninguna oposición». Pues bien, puesto que usted dice que sólo se espera la llegada del señor d’Épinay para firmar el contrato, puesto que usted será suya al dÃa siguiente de su llegada, será mañana cuando usted se comprometa al señor d’Épinay, pues ha llegado a ParÃs esta misma mañana.
Valentine dio un grito.