El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Discúlpeme, señor —dijo Franz en un tono de total resolución—, no quiero perder la ocasión de demostrar al señor Noirtier lo equivocado que estarÃa si concibiese contra mà repugnancias que estoy decidido a vencer, sean las que sean, con profunda devoción.
Y, sin dejarse retener por más tiempo por Villefort, Franz se levantó y siguió a Valentine, que bajaba ya la escalera con la alegrÃa de un naufrago que alcanza con su mano una roca.
El señor de Villefort siguió a ambos.
Château-Renaud y Morcerf intercambiaron una tercera mirada, más atónita aún que las dos primeras.